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El auto-engaño de la queja

Me subo al tren, oigo hablar, me fijo en el discurso, en muchas ocasiones se trata de queja larga y prolongada que dura lo largo del viaje.

En la tienda, cuando doy formación, en reuniones, en familia… encuentro mentes obcecadas con lo que no anda bien (o directamente, con lo que anda mal), con la manera de ser o actuar de fulanita o fulanito, con lo que alguien hizo o le hizo, con lo que no le gusta, con lo feo, con lo molesto, con lo que no es como quiere que sea, y así sigue y suma.

Es como si la mente humana se encantara -eso parece- con lo “defectuoso”, como si se quedara atrapada en ello, como si incluso provocara una cierta satisfacción atacar, criticar o despotricar acerca de eso, como si se “ganara” algo con ese tipo de actitud.

Estaría bien elevar un poco el nivel de consciencia para darse cuenta de lo que ocurre con la queja y la crítica crónicas que preparan el organismo vertiendo en el torrente sanguíneo hormonas como noradrenalina, cortisol, adrenalina, para atacar o huir con el propósito de defender la existencia. La diferencia está en que quien se queja, en realidad no va a atacar o huir de la causa de su queja sino que se queda como un disco rallado desgastándose y generando a su vez un ambiente tóxico a su alrededor.

Como suelo comentar sobre el tema a quienes toman tal actitud: quéjate a quien tengas que quejarte, por el motivo que corresponda, con la intensidad pertinente, del modo más efectivo posible. Si necesitas poner una reclamación, hazlo! Si necesitas recoger firmas, recógelas. Si necesitas crear una plataforma, créala.

Instalarse en la queja como estilo de comunicación o con la fantasía de que así cambia algo, es entrar en un bucle y un vicio de difícil término.

Puede entenderse la necesidad de desahogarse a través del lamento y la protesta, vale. Un rato, vale. Cada día, no vale! Día tras día, año tras año, mejor hacérselo revisar!

¿Cómo dejar el hábito de la queja?

Salir de ese hábito -porque finalmente se convierte en hábito- requiere escucharse al hablar, tanto en el monólogo interno como al dirigirse a los demás, para detectar esas pautas repetitivas de descontentamiento que no tienen que ver con el momento, la situación o la/s persona/s con las que estemos. Es decir, constatar cuándo nos quejamos y si viene al caso.

Después, hacer revisión de eso que molesta tanto, de eso que es motivo de descontento, para ver cuál es la fuente real, ocuparnos de ello y así empezar a dejar la costumbre de la queja y la protesta y dejar de crear climas negativos y perniciosos. El “trabajo” es ese, querer hacerse cargo realmente de la causa que alimenta el quejido, tomando las decisiones oportunas, bien sea realizando una acción, reflexionando, meditando, haciendo terapia…

O simplemente entrenarse en modificar los contenidos que se comunican para pasar a expresar otros diferentes como todo lo que sí funciona, sí está bien, sí es grato, sí es satisfactorio. No por dejar de ver lo que falla, sino por ocuparse realmente de ello a la vez que alimentarse y alimentar con actitudes constructivas.

O más fácil todavía, contener el impulso de la queja, respirar, parar, callar.

Por el propio bien y el bien del entorno.

Mª Rosa Parés Giralt

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